Hay quienes entienden que ser joven en política implica vivir en confrontación permanente con las generaciones anteriores. Como si para abrir espacio hubiera que destruir lo construido. Como si la rebeldía fuera incompatible con la disciplina.
Yo no lo creo.
Soy joven, soy político y soy perremeísta.
Y precisamente por ser perremeísta entiendo que la política no puede convertirse en un ejercicio de impulsos personales, ni en una lucha interna permanente donde cada diferencia termine convertida en espectáculo público.
En el marco de la discusión interna que vive actualmente nuestro partido, expresé públicamente mis aspiraciones de crecer dentro de la estructura del PRM, particularmente mi interés de aspirar a la vicepresidencia provincial en San Juan. Lo hice convencido de que la participación de nuevas generaciones fortalece la democracia interna y ayuda a construir un partido más sólido y conectado con su tiempo.
Pero también entiendo algo fundamental: aspirar no significa dividir. Disentir no significa irrespetar. Y tener posiciones distintas no obliga a romper la institucionalidad.
Parte de ser perremeísta es comprender que nuestro partido tiene normas, organismos, estatutos y canales internos para debatir diferencias, construir consensos y dirimir posiciones. La disciplina partidaria no debe verse como sumisión, sino como una muestra de madurez política.
Hoy el debate interno gira alrededor de la posibilidad de extender los períodos de las actuales autoridades nacionales y locales del partido. Y como era de esperarse, han surgido voces que entienden que esto representa un golpe contra la juventud y contra quienes legítimamente aspiramos a crecer dentro de la organización.
Respeto esas posiciones.
Porque sí, muchos jóvenes queremos participar más, competir, abrirnos espacio y asumir responsabilidades. Pero hay una diferencia entre defender aspiraciones y caer en el discurso fácil de desacreditar todo liderazgo que tenga experiencia.
En política se ha puesto de moda llamar “dinosaurios” a todo el que tiene trayectoria, estructura y años de trabajo partidario. Y honestamente, creo que ese es un error.
Porque si esos dirigentes han sido parte de la construcción de un partido que pasó de la oposición al poder, que logró victorias contundentes y que hoy gobierna la República Dominicana, entonces algo debieron hacer bien.
La juventud política no puede construirse desde el desprecio hacia quienes ayudaron a abrir el camino.
El relevo no se impone destruyendo. Se construye preparándose, trabajando, creciendo y ganándose espacios.
Yo tengo aspiraciones políticas. Las mantengo. No las escondo.
Pero también tengo claro que ningún proyecto personal puede estar por encima de la estabilidad de mi partido ni de la responsabilidad que tenemos frente al país.
Si hay diferencias, que se debatan.
Si hay desacuerdos, que se expresen.
Si hay inconformidades, que se canalicen.
Pero por las vías institucionales que el propio partido y sus estatutos establecen.
Eso también es ser perremeísta.
Creo en las nuevas generaciones. Creo en la renovación. Creo en abrir espacio a liderazgos jóvenes.
Pero también creo en reconocer los resultados.
Las actuales autoridades de nuestro partido han conducido procesos exitosos, han logrado victorias electorales contundentes y han sido parte fundamental de la consolidación del PRM como la principal fuerza política de la República Dominicana.
Y sí, algunos les llaman “dinosaurios”.
Pues si esos “dinosaurios” han sabido conducir al partido hacia el poder, mantener la unidad en momentos complejos y conectar electoralmente con la mayoría del pueblo dominicano, entonces quizás lo inteligente no sea destruirlos, sino aprender también de su experiencia.
La juventud política no puede construirse desde la arrogancia de creer que todo comienza con nosotros.
Cada generación aporta algo distinto. Los jóvenes aportamos energía, nuevas ideas y conexión con otros tiempos. Las generaciones anteriores aportan experiencia, estructura y comprensión de procesos que muchas veces solo enseñan los años.
La verdadera fortaleza de un partido no está en enfrentar generaciones, sino en lograr que convivan.
Se puede disentir sin destruir.
Se puede aspirar sin dividir.
Se puede ser joven sin caer en la desesperación política.
Y sobre todo, se puede ser perremeísta entendiendo que la disciplina, la institucionalidad y la unidad también son formas de liderazgo.
Especialista en marketing y gestión de proyectos públicos
Columnista de opinión en El Nuevo Diario.