El ADN perremeísta no tiene dueño
Una reflexión sobre pertenencia, trayectorias y por qué el ADN perremeísta no puede convertirse en patrimonio de una corriente, una generación o un liderazgo.
Las recientes declaraciones del dirigente Jesús «Chú» Vásquez sobre el ADN perremeísta de David Collado han abierto una discusión que merece una reflexión más profunda que la simple confrontación entre proyectos presidenciales. Porque, más allá de las simpatías individuales, estamos hablando de algo mucho más importante: quién tiene derecho a sentirse parte de la historia de nuestro partido.
Conozco y respeto la trayectoria de Chú Vásquez. Su participación en la construcción del Partido Revolucionario Moderno, su experiencia en las estructuras partidarias y los años dedicados a la actividad política son méritos que nadie debería desconocer. Precisamente por ese respeto entiendo que vale la pena examinar el alcance de sus palabras.
¿En qué momento comenzamos a medir el ADN perremeísta? ¿Desde la fundación del partido? ¿Desde los años de militancia en el PRD? ¿Por los cargos ocupados dentro de la organización? ¿Por las campañas electorales? ¿O por la capacidad de conquistar la confianza de los ciudadanos bajo nuestra bandera?
El PRM nació formalmente en 2014, como resultado de una ruptura política que reunió a dirigentes históricos del PRD, líderes emergentes y ciudadanos convencidos de que era necesario construir una nueva alternativa de poder. Desde entonces, su crecimiento ha sido posible precisamente porque supo sumar voluntades con trayectorias diferentes.
Tomemos como ejemplo a David Collado.
Antes de la fundación del PRM ya había desarrollado una carrera política dentro del PRD. En 2010 fue electo diputado por el Distrito Nacional y, seis años después, en 2016, ganó la Alcaldía de la capital como candidato de una alianza encabezada por nuestro partido. Aquella victoria representó una conquista electoral importante para una organización que apenas comenzaba a consolidarse.
¿Significa esto que David ha tenido la misma trayectoria orgánica que quienes dedicaron décadas a dirigir comités, organizar convenciones o recorrer municipios? Evidentemente no. Pero tampoco sería justo concluir que su manera de hacer política lo convierte en menos perremeísta.
Miremos entonces a Carolina Mejía, cuya legitimidad política considero igualmente incuestionable. Fue candidata vicepresidencial de Luis Abinader en 2016, posteriormente secretaria general del PRM y, desde 2020, alcaldesa del Distrito Nacional. Su contribución combina liderazgo partidario, representación electoral y gestión municipal. Tiene una historia propia, con méritos que merecen ser reconocidos sin necesidad de disminuir los de nadie.
Wellington Arnaud representa otra trayectoria. Viene de la Juventud Revolucionaria Dominicana, ejerció responsabilidades orgánicas en el PRD, fue diputado desde 2010 y participó en la fundación del PRM en 2014. Su carrera política refleja años de militancia, organización y participación electoral.
Guido Gómez Mazara ofrece un ejemplo particularmente interesante. Es heredero político de la tradición perredeísta, con una larga trayectoria de debates y luchas internas. Sin embargo, permaneció en el PRD durante varios años después de la fundación del PRM y terminó respaldando a Luis Abinader en 2020. ¿Acaso esa diferencia en su recorrido le resta legitimidad como perremeísta? Por supuesto que no.
Y está Raquel Peña, quien llegó a la candidatura vicepresidencial en 2020 desde una trayectoria principalmente académica y empresarial. No había recorrido previamente el mismo camino partidario que Chú Vásquez o Wellington Arnaud. Sin embargo, ha acompañado al presidente Luis Abinader en dos victorias electorales y ha asumido responsabilidades fundamentales dentro del Gobierno.
¿Quién tendría autoridad para decirle que su ADN perremeísta vale menos por no haber estado presente en determinada etapa de nuestra historia?
Lo mismo podemos decir de Tony Peña Guaba, Eduardo Sanz Lovatón y tantos otros compañeros cuyas historias políticas, aportes y responsabilidades no son idénticos, pero convergen en un mismo proyecto.
Incluso puedo llevar esta reflexión a mi propia experiencia.
Vengo de una familia vinculada profundamente a esta tradición política. Mi tío, Pedro Canó, fue presidente municipal del PRM en Las Matas de Farfán y formó parte de aquella dirigencia que defendió la construcción de nuestra organización cuando todavía éramos oposición. Mi padre también ha desarrollado una trayectoria de compromiso partidario desde el sector salud.
En lo personal, he tenido mis propias aspiraciones políticas, incluyendo una precandidatura a diputado por San Juan y una aspiración a la vicepresidencia provincial del PRM. He vivido la política desde el territorio, desde las aspiraciones, desde las diferencias internas y desde la convicción de que este partido debe ofrecer oportunidades a sus nuevas generaciones.
Pero sería un error pretender que mi historia familiar me otorga más derechos partidarios que a otro compañero. El apellido no hace al perremeísta, como tampoco lo hace exclusivamente un cargo en el Gobierno, una posición orgánica o una victoria electoral.
He defendido anteriormente la importancia de las estructuras partidarias, y mantengo esa posición. Sin organización territorial no se ganan elecciones ni se sostiene un proyecto político. Pero una cosa es reconocer el valor del trabajo orgánico y otra muy distinta es convertirlo en el único criterio para determinar quién pertenece verdaderamente al PRM.
Porque si solamente fueran perremeístas quienes participaron en su fundación, estaríamos desconociendo a miles de compañeros que se incorporaron después. Si el requisito fuera haber ocupado una posición interna, dejaríamos fuera a buena parte de nuestra militancia. Y si únicamente contaran las victorias electorales, estaríamos ignorando a esos dirigentes de base que han trabajado durante años sin aparecer jamás en una boleta.
Entonces, ¿cuál de esas historias representa el verdadero ADN perremeísta?
Mi respuesta es sencilla: todas.
La historia de Chú Vásquez no compite con la de David Collado. La trayectoria orgánica de Wellington Arnaud no invalida el liderazgo de Carolina Mejía. La incorporación política de Raquel Peña no disminuye su compromiso. Las diferencias en el recorrido de Guido Gómez Mazara tampoco lo hacen menos parte de nuestra organización.
Y mi propia historia, como la de tantos jóvenes dirigentes provinciales y municipales, no necesita ser idéntica a ninguna de ellas para tener legitimidad.
El PRM no se construyó para convertirse en un círculo cerrado donde unos pocos determinen quién pertenece y quién no. Nació de la necesidad de abrir caminos, sumar liderazgos y construir una alternativa democrática capaz de conquistar la confianza nacional.
De cara al 2028, podemos tener preferencias presidenciales diferentes. Es natural, legítimo y saludable en una organización democrática. Lo que no deberíamos hacer es convertir esas preferencias en un mecanismo para cuestionar la identidad partidaria de quienes compiten.
Porque si David Collado, con su trayectoria política, su victoria electoral de 2016 y su participación en el Gobierno del PRM, no tiene ADN perremeísta, entonces ninguno de nosotros puede tenerlo garantizado. Bastaría con que un compañero de otra corriente decidiera desconocer nuestra historia para poner en duda la pertenencia de cualquiera.
Y ese no puede ser el partido que hemos construido.
El verdadero ADN perremeísta no consiste en haber llegado primero, haber ocupado más cargos o pertenecer a determinada corriente. Se expresa en el compromiso con los principios democráticos, el respeto a nuestros compañeros, la disposición de trabajar por la organización y la responsabilidad de contribuir al bienestar del país.
Por eso, cuando me preguntan quién tiene ADN perremeísta, no encuentro razones para excluir a nadie que haya asumido genuinamente esos compromisos.
Lo tiene Chú Vásquez. Lo tiene Carolina Mejía. Lo tiene David Collado. Lo tienen Wellington Arnaud, Raquel Peña, Guido Gómez Mazara, Tony Peña Guaba y Eduardo Sanz Lovatón. Lo tenemos quienes venimos de familias de tradición partidaria y quienes llegaron mucho después. Lo tiene el dirigente que ha ganado elecciones y también el compañero que nunca ha ocupado un cargo, pero sigue trabajando por sus ideales.
Todos tenemos ADN perremeísta. No porque nuestras historias sean iguales, sino porque, siendo diferentes, decidimos construir y defender un mismo partido.
Y quizás esa sea nuestra mayor fortaleza: entender que nadie es más dueño que otro de una historia que nos pertenece a todos.
Especialista en marketing y gestión de proyectos públicos
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